Libertad Digital “Ocho años sin Oswaldo y Harold”. Por: Zoé Valdés

20200723 libertad digital zoe valdesLIBERTAD DIGITAL

El 22 de julio del 2012 apenas dormí. Creo que fue el año en que menos he dormido en mi vida de exiliada. Mi teléfono vibró muy temprano. Un mensaje fatal: habían asesinado en Cuba a Oswaldo Payá Sardiñas, líder del Movimiento Cristiano Liberación; también habían acabado con la vida de Harold Cepero, joven cantera del MCL.

Maquillado en accidente de automóvil (muy parecido al accidente que le costó la vida al escritor y Premio Nobel Albert Camus, desligado del progresismo de izquierdas y enfrentado a los comunistas), cada uno de los pasos y testimonios concluían y concluyen en el crimen político.

Junto a Oswaldo y Harold viajaban el joven español del Partido Popular Ángel Carromero y el sueco Aaron Modïg. Ambos fueron de inmediato detenidos y Carromero estuvo encarcelado durante un tiempo. La declaración que hizo tras ser liberado y el libro que escribió, Muerte bajo sospecha, confirman el brutal acto. Aaron Modïg se limitó a balbucear que no recordaba nada, con la justificación de que iba dormido; al parecer incluso durante el impacto seguía dormido. No ha despertado todavía, ni creo que lo haga.

La crueldad de este asesinato dejó a una familia en duelo permanente: hermanos inconsolables, una viuda y tres hijos; además de los hermanos e hijos del MCL (pues algunos de ellos veían a Oswaldo como a un padre y a Harold como a un hermano). También dejó a todo un pueblo huérfano, sin la posibilidad de que este hombre y su organización, en la actualidad la más antigua y la más efectiva en el tiempo, pudieran algún día definir desde la democracia el destino de Cuba y reconstruirla en los planos social, económico, político y moral.

Pérdida irreparable; aunque el MCL supo elegir, en medio del inmenso dolor, a un nuevo líder, Eduardo Cardet Concepción, y reestructurarse, asegurando así la firmeza y continuidad de su trabajo por la libertad de la isla desde el interior y desde el exilio.

Aquella desoladora mañana llamé de inmediato a Carlos Payá, en Madrid. Sus palabras y su entereza que perduran hasta hoy me conmovieron y siempre me han conmovido profundamente, han afianzado nuestra amistad. Su carta dirigida –a sabiendas de las posibles consecuencias– a Michelle Bachelet, alta comisionada de Naciones Unidas para los DDHH, mediante la cual exigía una investigación transparente del crimen, todavía no ha sido respondida, pese a las casi 10.000 firmas –y más que seguirán firmando– que apoyan y suscriben esa demanda.

Como muchos otros, fui crítica con Oswaldo Payá, no me arrepiento, pues lo hice desde el ángulo del respeto y del amor que compartíamos por Cuba. Eran otros tiempos, y él era una figura de esos tiempos y del futuro.

No sólo acosado por el régimen, también acorralado por una nueva generación de disidentes acomodados al nuevo mandato de Raúl Castro, y surgidos de su bolsillo y del de Barack Obama, que estaban y están por la labor de eternizarse mediante blogs y redes sociales en una especie de enfrentamiento light que les permita convivir con la tiranía, Oswaldo Payá debió reinventarse sin de ninguna manera traicionarse. Fue, dicho sea de paso, de los primeros en advertir el fenómeno del bloguerío y el rederío, en señalarlo y subrayarlo.

Conocí a Oswaldo Payá cuando pasó por París, a su regreso de haber sido reconocido con el Premio Sájarov, el primer cubano en recibirlo. Intercambié palabras con él, amables y críticas. Con él se podía discutir, entendía, explicaba sereno desde la razón y la verdad.

Al final de este vídeo, que recoge su conferencia en los locales de la publicación Le Nouvel Observateur, observarán cómo nos despedimos con un ”¡Viva Cuba Libre!” que cuando a veces desfallezco oigo nuevamente. En sus palabras reencuentro la fuerza para seguir adelante.

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