Del “Período Especial” hasta la alegría POR: Manuel Robles Villamarín (MCL)

1462_601879039875021_399943852_nMe he estado preguntando qué ha significado para mí haber nacido en Cuba bajo un régimen totalitario. ¡Tengo tanto que decir! Haré alusión sólo a algunas experiencias.

Nací en San Miguel del Padrón (La Habana) durante el llamado “Período Especial”, en el año 1990. Obviamente no recuerdo nada de aquellos primeros años de mi vida, pero sé que mis padres se pusieron más flacos que un espagueti, que no comieron carne, y no porque estuvieran de ayuno voluntario, es que la poca proteína que llegaba a ellos la dejaban para el bebé. ¡Ah!, el bebé soy yo. Pero yo no me quedaba rezagado, también era muy delgado aunque no tan mal alimentado como mis padres.

Sé por lo que mi familia me ha contado y por la experiencia de otros cubanos, que en aquella época los gatos casi estuvieron en peligro de extinción, pues parafraseando el dicho popular, ¡a falta de carne, gato! El queso de las pizzas fue cualquier material plástico derretido que pudiera pasar por dicho derivado de la leche.

En fin, la situación era crítica, la desesperanza era un mal que destruía a nuestro pueblo, el cual vivía, como ahora, en la persecución, en el asedio, en la violencia practicada por un sistema que no acepta los derechos humanos, es lo que más odia. Es un régimen que destruye al género humano. Como han dicho los grandes: “es intrínsecamente perverso”.

El mal de la desesperanza era cada vez más fuerte, muchos cubanos sólo veían una alternativa (o era para gran parte de ellos, por sus ideas y circunstancias, LA alternativa): emigrar. El Gobierno Cubano viendo la situación en la que se encontraba la Isla, permitió que salieran a Estados Unidos en estampida, con embarcaciones principalmente rústicas, todos los que quisieran para así liberar presión y poder continuar mandando en lo que ellos en su desordenada psiquis consideran SU (sólo de ellos) Tierra. “Cuando un pueblo emigra, los gobernantes sobran” (José Martí).

Eran tiempos de mucho miedo, terror y engaño. Muchos cubanos seguían “dormidos en los laureles”, estaban “más perdidos que Martín en el bosque”, se dejaban seducir por el falso discurso de los que han destruido la nación. Lo digo y lo diré toda mi vida, aunque sea corrupta, el día que tenga la oportunidad, votaré por la Derecha.

¡Pero la esperanza no se extinguió! Creo que me “alimentaron” con mucha esperanza: mis padres me dejaron nacer, me han amado y educado. Esto es para mí un gran signo que procede de Dios. También por aquellos años ya existía el Movimiento Cristiano Liberación (MCL) que siempre ha tenido un discurso transparente, lleno de humanismo cristiano, una alternativa edificadora para el pueblo de Cuba. Resuenan en mis oídos esas bellas palabras: “Todos cubanos, todos hermanos y ahora la libertad”. El MCL ha estado transmitiendo esperanza, y no una esperanza que pone sus fundamentos en el “u-topos”, sino la esperanza que hace vida nuestros sueños por medio de la voluntad del ser humano, específicamente del cubano.

Por circunstancias de la vida me mudé unos años al municipio habanero Guanabacoa y más tarde fui a parar al conocido reparto “El Vedado”, cerca del Malecón Habanero, de hermosas y lujosas casas, entre ellas la de Eusebio Leal y la de Dulce María Loynaz. Es importante hacer esta salvedad: la pobre Dulce María Loynaz vivía en esta mansión que tenía un estado precario, ella estaba muy sola, censurada, pero su Premio Cervantes “le salvó la vida”, ya que este distinguido reconocimiento hizo que los censuradores tomaran otras posturas hacia ella, por aquello de la imagen, pues se me ha pasado decirles, este sistema gasta millones de dólares en vender una imagen que no tiene nada que ver con la realidad. La casa de Loynaz se la arreglaron cuando ella murió. Me consuela saber que ella ahora está en la Casa del Padre.

El Vedado, uno de los mejores lugares para “vivir” de La Habana y de Cuba. Pero eso de vivir bien es para los que tienen ciertos privilegios, porque mi familia y yo “nos quedamos más atrás que los cordales”. ¡Qué injusto! Injusto porque con el talento que hay en mi familia yo tendría el dinero que necesito para alimentar a Cuba. No pienso en África o Latinoamérica pues creo que no me alcanzaría al dárselo todo a los míos. No quiero escuchar más a mis vecinitos pequeños decirles a sus mamás: “Mami, tengo hambre”. No quiero escucharlo más porque por lo general sus mamás responden: “Aguanta un poquito”. Gracias a Dios, en medio de tanta miseria, en mi casa el alimento no falta y siempre alguna ayuda podemos brindar. ¡Se me parte el alma! ¡Cuba me saca muchas lágrimas!

Mi casa en ¡El Vedado!, Ve-da-do, ¡muy bien!, es un pequeñísimo apartamento de una ciudadela de cinco metros cuadrados con una barbacoa de madera. Allí vivimos cuatro personas. En esas cuatro paredes están las camas, algunos equipos electrodomésticos, nuestro amado librero abarrotado de libros, la cocina y el armario familiar. El baño está fuera de la casa como a quince metros del apartamentico. Pero lo que les cuento es poco. Como dijera Celia Cruz: ¡Azúcar!

La ciudadela en la que vivimos se está cayendo, está declarada por los organismos estatales como irreparable e inhabitable, o sea, está para demolerla. Cada día se cae un pedazo de este “edificio”, la separación entre el piso y el rodapié es de casi tres dedos, lo que significa que los pisos se están hundiendo, cualquier día podemos amanecer entre escombros, y nosotros quedaremos tan “destimbalados” como las ruinas.

El baño de mi casa y que está lejos de mi casa, es particular como la canción infantil que conocemos los cubanos: “el patio de mi casa es particular, se llueve y se moja como los demás…”. Llueve más dentro del baño que en la calle, es tan inhumana la situación que en varias ocasiones han coincidido mis deseos de defecar con las tormentas, ¡y he tenido que dentro del baño usar paraguas! Como dijera mi gente linda de España: ¡Madre mía! Sin contar que si te entran deseos de ir al lavado en la madrugada, como éste está casi llegando a la mansión de Eusebio Leal, hay que recurrir al tibor. Y a dormir con el buen aromatizante que se procesa en nuestros riñones: ¡la orina!

Hemos escrito a todos lados, realizamos todos los trámites y las respuestas son ya evidentes: Cuba entera está igual y lo de nosotros demorará aún más, pues en la ciudadela vivo yo, un disidente. Por mi amor por el pueblo y por la libertad, quieren que muramos todos. ¡Creo que Satanás es hasta más bueno que ellos! ¡Es un insulto a Satanás compararlo con este régimen! Pero, ¡no moriremos!

En Cuba he vivido muchas experiencias que me han marcado para bien en algunos casos, para mal en otros. Sufro persecución y amenazas de muerte por mi activismo político. Lamentablemente mi familia está dividida, unos aquí y otros allá. La educación y la salud para mí no han sido literalmente gratis, ya que he tenido que pagar algunos estudios para alcanzar un buen nivel, con respecto a la medicina si saco cuenta del dinero que dejé durante 9 años en el dentista creo que mantengo un “tiempito” a mi familia. Sufrí al ver a mis padres ahorrando monedas para comprar ropa, zapatos y alimentos para mis hermanos y para mí, sufrí al ver a mi familia desesperada por la escasez. He sufrido, ¡y lo que me queda!, despidiendo a buenos amigos y familiares en las terroristas terminales del Aeropuerto José Martí. Sufro cada vez que viajo a algún pueblo rural y veo a la gente descalza, niñas de 15 años sin dientes, casas que están en peor estado que la mía. Sufro el daño antropológico de muchos cubanos, la degradación de los valores, la ausencia de los Derechos y cómo muchos de los que tienen el deber de hacer redención del género humano le hacen el juego al Gobierno y sacan de su agenda el verdadero bienestar de los cubanos. Ellos gozan, los otros que se las arreglen…

En medio de este dolor que manifiesto y que aún queda inconcluso, reconozco lo más importante para mi salud mental, lo que edifica mi alma, lo que me hace estar lleno, pleno, ¡feliz! Tengo Fe, practico la Fe y he comprobado la existencia de la inteligencia espiritual, así como su Poder restaurador. Tengo padres, hermanos, amigos, familiares que me aman, que me necesitan y yo a ellos. Sé lo que es un abrazo fuerte y que me digan te quiero mucho. ¡Un te quiero le salva la vida a cualquiera! Tengo libertad y la vivo gracias al MCL, a la Familia Payá – Acevedo, los Jesuitas, las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús, las Siervas de María, las Misioneras Oblatas, la Comunidad de San Martín de Tours, el Movimiento de los Focolares, los Hermanos Maristas, el Movimiento Puntos Corazón, entre otros, pero en primer lugar gracias a Jesús de Nazaret, Él ha desatado todas mis ataduras, me ha fortalecido y restaurado.

No hay alegría sin sufrimiento, quizás por eso suelo estar alegre. Eso es lo que tengo para ofrecer, mi alegría, que como decimos en Cuba, “¡vale un millón de pesos!”. Este es mi mensaje en esta Semana Santa: si has sufrido dale las gracias a Jesús, si no estás alegre, dile que te enseñe cómo estarlo, pero te lo adelanto: “Ama hasta que duela” (Beata Teresa de Calcuta).

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