Hagan que no parezca un accidente. Por Irene Lozano, portavoz de UPyD en comision de Asuntos Exteriores

publicado por : http://www.elconfidencial.com/opinion/palabras-en-el-quicio/2013/03/08/hagan-que-no-parezca-un-accidente-10860/

La declaración de Carromero -a quien no conozco – molesta mucho al Gobierno, porque no sólo niega que la muerte de Payá fuera un accidente, sino que además pone en evidencia la ridícula credulidad del Gobierno. Fue presionado hasta límites inconcebibles en las cárceles cubanas, y en España con métodos más sofisticados, para que negara lo que ha confesado alWashington Post. A Margallo le gustaría que fuera un espejismo, pero no: es la gota de agua para beber que quería Coleridge.

Una de las razones más poderosas que tenía el Gobierno para desconfiar de la versión oficial de la muerte de Oswaldo Payá era que parecía un accidente. Cuando un disidente fallece en una dictadura, la profilaxis más elemental recomienda presumir la culpabilidad del régimen hasta que demuestre su inocencia. No por nada, cualquiera se puede chocar con un pino en una carretera de mala muerte en Bayamo. Pero si es un opositor y parece un accidente, hay que mostrarse escéptico incluso ante el árbol.

Sin embargo, el Gobierno cubano le explicó al español que parecía un accidente, y este lo creyó sin encontrar nada extraño. Casualmente, en los días siguientes se aireó aquella horrible lista de multas impuestas a Ángel Carromero, que reforzaban aún más la hipótesis del accidente, una divina coincidencia. De Cuba no pudo salir esa información, porque no la tenían, así que debió de salir de alguien no muy lejano al propio Carromero, probablemente de su mismo partido. Parece, pues, que la idea de que pareciera un accidente suscitó una enorme sintonía: es lo que tienen los alineamientos de estrellas mafiosas, crean extrañas constelaciones.

La hipótesis del accidente más el episodio de las multas tenían otra ventaja: erosionaban la figura de Carromero ante la opinión pública. Puesto que su testimonio resultaba capital para conocer la verdad, no venía mal mermar su credibilidad, por si se daba el caso de que quisiera contarla. De la eficacia de los interesados en minar la figura de Carromero da idea un solo hecho: que haya tenido que ir a revelar su verdad alWashington Post. Si lo hubiera hecho a un medio español, de entrada la mitad de la población no le habría creído. Ciertas voces de su propio partido lo habrían achacado a una conspiración de la otra mitad; otras lo habrían incorporado a su agenda para rentabilizarlo políticamente; y la paleoizquierda habría aprovechado para interpretar su clásico sainete cubano con salutación marxista. La anécdota ilustra también el estado de postración del periodismo patrio: una exclusiva internacional se va a un periódico extranjero porque aquí todos están demasiado faltos de credibilidad como para que se pueda leer en ellos la noticia desnuda, sin toxicidades partidistas. Ojo al dato o, como diría Coleridge, “agua, agua por todas partes, y ni una gota para beber”.

En fin, al grano. Hoy tengo especial interés en afirmar que la decisión de Ángel Carromero de dar su testimonio sobre lo ocurrido lo convierte en un hombre valiente. Ha hecho lo que menos le conviene, porque alinearse con la familia de Oswaldo Payá en este caso significa -lo diré sin mucha pompa-, estar del lado de los perdedores. Lo ha hecho con la única expectativa de servir a la verdad; por lo demás, no le traerá más que perjuicios. Por supuesto, algunos de sus correligionarios de partido lo felicitarán por su valentía, aunque en privado, para salvar su alma sin afectar a su cartera -perdón, quise decir, su carrera-. La declaración de Carromero -a quien no conozco – molesta mucho al Gobierno, porque no sólo niega que la muerte de Payá fuera un accidente, sino que además pone en evidencia la ridícula credulidad del Gobierno. Fue presionado hasta límites inconcebibles en las cárceles cubanas, y en España con métodos más sofisticados, para que negara lo que ha confesado alWashington Post. A Margallo le gustaría que fuera un espejismo, pero no: es la gota de agua para beber que quería Coleridge.

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