La herencia de Rosa María. por Mario Barroso

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Mi primer contacto directo con la familia Payá muy lamentablemente era este. Quedé totalmente insatisfecho cuando tras los confusos segundos ante el féretro les dirigí breves y protocolares palabras de condolencia que ellos recibieron como de un desconocido más de entre la inmensa fila que les tributaba tantos corazones. Fue por ello que no desaproveché otro instante fugaz ya en la madrugada, bien cercano el amanecer del difícil día del entierro, pero que constituyó uno de los momentos más solemnes y esta vez sí alejado de todo protocolo. Rosa María Payá, aquella muchachita de la foto en la playa, ahora sin el papá amoroso, se encontró sola unos instantes en el primer banco de la fila izquierda de la Parroquia, el que siempre ocuparon los familiares más cercanos, todos portando prendas negras en señal del intenso luto que cubría sus almas. Me dirigí con la misma inquebrantable fuerza puesta de manifiesto el día anterior, no esta vez para romper un cerco policial, pero sí para abordar a una joven con el alma quebrantada por la perdida insustituible de su privilegiado padre. Mis palabras fueron breves pero las extraje de lo más profundo de mi espíritu, fue más o menos este el mensaje que portaron: «No me conoces Rosa María pero me llamo Mario Félix y soy sencillamente un pastor bautista de un remoto pueblecito de Villa Clara. Estoy aquí especialmente porque ayer aproximadamente a esta misma hora de la madrugada escuché tus palabras en la radio expresando tu consternación e inconformidad con la manera en que murió tu padre. Fueron tan impactantes para mí que me hicieron atravesar la distancia para llegar hasta aquí. Me parece que heredaste la misma luz que reflejó tu padre y solo quería decirte: Déjala brillar». Y eso fue todo. Pero en medio de su profundo dolor me pareció apreciar a través de sus lágrimas un fuerte destello de esa luz a la que le había acabado de referirme. Unas horas después Rosa María iluminó toda la Parroquia opacando todas las palabras, incluidas las de la homilía que el cardenal Jaime Ortega justo terminaba de pronunciar. Un silencio sepulcral, apenas roto por los flasheos de las innumerables cámaras, demostró la atención que todos le concedíamos. El contenido de sus palabras y la manera como se abrió paso en medio de tanto dolor para transmitírnoslas me permitieron comprobar que aquella madrugada no me había equivocado y comprendí a la vez que si alguien había pensado que con la muerte física de Oswaldo se ponía fin a su legado estaba totalmente equivocado por cuanto nos encontrábamos ante la representación de la generación a la que corresponderá cosechar el fruto de la semilla de la liberación que él tan hábilmente había sembrado

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